25 de Mayo: la independencia que conmemoramos, pero que sigue en construcción

Escena simbólica del 25 de mayo: una escarapela argentina sobre ladrillos y una obra en construcción frente a la Casa Rosada, representando un país que celebra su independencia mientras sigue en andamios.

25 de Mayo: El país se despierta envuelto en escarapelas recién compradas y discursos que suenan reciclados. Como si repetir el ritual pudiera convencernos de que esta vez sí, por fin, la independencia va a hacer check-in. Las calles se llenan de solemnidad impostada, banderas que flamean con más entusiasmo que la economía y funcionarios que ensayan épica frente a un público que ya ni finge sorpresa. Todo parece celebración, pero debajo del decorado late la verdad incómoda. Seguimos brindando por una revolución que quedó en borrador, como esos proyectos que prometemos empezar el lunes y nunca pasan del título.

Y aun así, ahí vamos otra vez, con la fe obstinada del que sabe que lo están engañando. Pero igual se sirve otro plato de locro.

Un país que celebra el 25 de Mayo mientras todavía se pregunta quién quiere ser

Cada 25 de Mayo repetimos el ritual patrio con la convicción del que sabe la coreografía de memoria, pero aun así duda del paso siguiente. Argentina —esa adolescente eterna del Cono Sur— sigue preguntándose qué quiere ser cuando crezca, mientras sostiene la bandera con una mano y la incertidumbre con la otra. Según Latinobarómetro —el informe regional que mide percepciones democráticas— una amplia mayoría declara sentirse orgullosa del país, pero la confianza en instituciones como el Congreso, el Poder Judicial o los partidos políticos suele ubicarse por debajo de un tercio de la población.

Una especie de amor patriótico no correspondido: queremos a la patria, pero sospechamos profundamente de todos sus parientes.

La Revolución de Mayo recuerda el día en que un grupo de vecinos decidió representarse a sí mismo y dio origen a las primeras instituciones del país. Dos siglos después, esas instituciones atraviesan una crisis de identidad tan profunda como la del propio pueblo que deberían expresar. Relevamientos del Barómetro de la Deuda Social de la UCA —el programa que mide malestar, integración y percepciones ciudadanas— muestran una creciente sensación de que las estructuras públicas no logran canalizar las demandas sociales, especialmente entre jóvenes y sectores urbanos. Y la distancia no es solo simbólica. Datos de la Cámara Nacional Electoral —el organismo que administra y supervisa los procesos electorales— registran una participación más irregular y, en varios comicios recientes, por debajo de los niveles históricos de la transición democrática.

Celebramos el día en que empezamos a decidir nuestro futuro común. Mientras muchos sienten que su decisión pesa menos que un voto en una encuesta de Instagram.

25 de Mayo: un territorio en obra, siempre empezando

Más allá del ritual patriótico, Argentina llega a cada 25 de Mayo con la sensación persistente de estar siempre a mitad de camino. Diversos análisis sobre institucionalidad y funcionamiento estatal publicados por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC) —el centro de políticas públicas que estudia la calidad del Estado— reflejan una persistente percepción de desorientación y falta de rumbo. Una especie de GPS nacional que recalcula desde 1810 sin encontrar nunca la salida correcta. A eso se suma una amplia producción en ciencias sociales del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) —el principal organismo de investigación del país— que desde hace décadas analiza la identidad nacional como un proceso en construcción permanente, más parecido a una obra que nunca termina que a un edificio terminado.

La Nación como obra inconclusa

Los datos sociales acompañan esa intuición. Informes del Observatorio de la Deuda Social de la UCA —el programa que mide condiciones de vida y expectativas ciudadanas— registran altos niveles de pesimismo e incertidumbre sobre el rumbo del país, una sensación de estancamiento que se repite año tras año en distintos relevamientos. Incluso el Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Di Tella —el indicador que desde 2001 mide cuánta confianza deposita la ciudadanía en la capacidad, honestidad y desempeño del Poder Ejecutivo— rara vez supera los 40 puntos sobre 100, y en muchos períodos se mueve en torno a 30 puntos. Un nivel que refleja más cansancio que convicción. La Revolución de Mayo ocurrió hace 216 años, pero la autodefinición colectiva sigue en versión preliminar.

Celebramos el origen de un proyecto que todavía no sabemos bien cómo se supone que funciona. La revolución quedó en los libros; la obra, en cambio, sigue con andamios —los mismos que aparecen cada vez que miramos de cerca la vida cotidiana, desde el alquiler hasta la independencia—.

Argentina celebra la patria… mientras la patria se le va por Ezeiza

Cada 25 de Mayo repetimos el ritual de la independencia, pero la escena tiene un detalle que ya no podemos disimular. Mientras recordamos la libertad de 1810, una parte creciente de los argentinos ejerce la suya… emigrando. Datos y tendencias registradas por la Dirección Nacional de Migraciones —el organismo estatal que administra y analiza los movimientos migratorios del país— junto con relevamientos demográficos y consulares, reflejan un renovado interés por emigrar, especialmente entre jóvenes y sectores profesionales.

No es una fuga: es un éxodo silencioso con pasaje de ida.

Mientras agitamos la escarapela, cada vez más personas apostillan títulos, tramitan ciudadanías o simplemente buscan un lugar donde el futuro no sea un rumor. La revolución quedó en los manuales; la salida, en cambio, se busca en el aeropuerto.

Y si hay un destino que sintetiza esta tendencia, es España. Datos del Instituto Nacional de Estadística de España —el organismo oficial que registra población y movimientos migratorios— indican que más de 500.000 argentinos residen hoy en territorio español, y la cifra no deja de crecer. En la última década, la comunidad argentina en territorio español registró un crecimiento significativo, convirtiéndose en una de las diásporas latinoamericanas de mayor expansión.

Es la ironía perfecta para este día: celebramos la independencia nacional mientras cientos de miles de compatriotas buscan independizarse… pero en Madrid.

La revolución que seguimos dejando para después

El 25 de mayo nos encuentra, una vez más, celebrando una independencia que recordamos mejor de lo que la ejercemos. Somos un país que honra su origen mientras todavía discute su destino, que defiende la idea de la patria aunque desconfíe de casi todas sus instituciones, y que repite el ritual cívico con la esperanza de que esta vez sí aparezca el rumbo que no encuentra desde hace décadas. La identidad nacional sigue en obra, la representación política se desgasta y la emigración crece como síntoma y como respuesta.

Y aun así, cada año volvemos al mismo punto. Flameamos la bandera, servimos el locro, escuchamos discursos repetidos hasta el cansancio y actuamos como si la grandeza perdida pudiera resucitar por insistencia. Tal vez la verdadera revolución pendiente no sea la de 1810, sino la de asumir qué país estamos dispuestos a construir y qué independencia queremos sostener. Porque si algo deja claro este 25 de mayo es que la historia no avanza por inercia: avanza cuando alguien decide moverla.

Y esa decisión, por ahora, sigue esperando turno…

25 de mayo: patria, obra y la argentinidad al palo

Imagen de Babilonia

Babilonia

Periodista y analista cultural. Trabajo con enfoques sociológicos para interpretar los fenómenos cotidianos y sus implicancias sociales.

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