Fuerzas Armadas y el nuevo ecosistema laboral

Soldado de las Fuerzas Armadas argentinas, vestido con uniforme y sombrero de chef, cocina una insignia militar en una sartén sobre fuego, en una escena satírica que simboliza la precariedad y la supervivencia nacional

En la Argentina 2026 —ese laboratorio involuntario donde siempre se prueba primero lo impensado— ahora descubrimos que las Fuerzas Armadas también entraron al ecosistema del rebusque. Quién lo hubiera dicho: el mismo Estado que les exige disciplina, entrenamiento y disponibilidad absoluta, ahora les guiña un ojo y les dice “si querés manejar Uber después del cuartel, adelante”.

No hay épica ni conspiración: hay salario. No hay reforma profunda: hay supervivencia. Y no hay sorpresa real: sólo la confirmación de que, en este país, hasta las instituciones que deberían ser de acero terminan doblándose para llegar a fin de mes.

Fuerzas Armadas: los datos duros detrás de un país que obliga al uniforme a rebuscárselas

Las Fuerzas Armadas no aterrizaron en el mundo de las changas por vocación emprendedora, sino por una razón mucho menos heroica: el sueldo no alcanza para vivir con holgura. Según las escalas publicadas por el Ministerio de Defensa —la cartera estatal que fija y actualiza las remuneraciones del personal militar en el Boletín Oficial—, en 2026 un soldado voluntario de segunda categoría cobra entre $610.000 y $623.000, mientras que uno de primera ronda los $660.000–$673.000. Es un ingreso estable, sí, pero estable en el sentido argentino del término: no se cae, pero tampoco se sostiene con dignidad.

Una estabilidad más parecida a “no te muevas mucho que se rompe” que a la épica castrense.

La inflación ya no es la bestia de tres cifras que fue en 2024, pero dejó cicatrices. El INDEC —el organismo público que mide inflación, empleo y costo de vida— muestra una desaceleración clara, aunque no una solución. Los ingresos militares recibieron actualizaciones periódicas, pero partieron de una pérdida de poder adquisitivo acumulada durante los años de mayor aceleración inflacionaria, y la discusión sobre si esas mejoras alcanzan para recomponer plenamente ese deterioro sigue abierta. En otras palabras: el sueldo subió, sí, pero subió después de que la inflación ya había hecho su trabajo sucio.

Y ahí aparece la ironía inevitable. Un país que exige disciplina, disponibilidad y verticalidad, pero paga como si el uniforme fuera un accesorio más del multitasking nacional. Después nos sorprendemos cuando la app exige la misma obediencia que el cuartel.

Fuerzas Armadas: cuando las changas dejan de ser excepción y se vuelven manual de supervivencia

Las Fuerzas Armadas también entraron en la economía del rebusque, y lo hicieron con la misma naturalidad con la que uno acepta que el dólar cambie tres veces en un día. Lo que en otro país sería un escándalo institucional, acá apenas levanta una ceja. Otra insignia más sumándose al deporte nacional de “hacer lo que se pueda”.

Los datos laborales del INDEC —el organismo público que mide inflación, empleo y costo de vida— y distintos estudios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT)— el organismo especializado de la ONU que establece estándares laborales, monitorea condiciones de empleo en el mundo y produce estadísticas comparables entre países— muestran una tendencia persistente: para muchos hogares argentinos, sumar ingresos por fuera del trabajo principal se volvió una herramienta cada vez más habitual para sostener el nivel de vida.

No es que el rebusque sea “dominante”. Es que dejó de ser un plan B y empezó a parecerse sospechosamente a un plan A con otro nombre.

Cuando trabajar de más deja de ser excepción y se vuelve identidad

Actividades por hora, ventas informales, monotributos paralelos, aplicaciones de reparto o transporte: la diversificación de ingresos forma parte del paisaje laboral de amplios sectores, tan visible como los precios que se actualizan solos o los billetes que envejecen antes de circular. No existe un indicador único que mida el pluriempleo real, pero tampoco hace falta inventarlo. Alcanza con ver cómo trabajadores de distintos rubros —incluidos quienes visten uniforme— buscan ingresos adicionales para cubrir lo que el salario principal dejó de cubrir hace rato. La vida laboral argentina se volvió un ejercicio de equilibrio digno de acróbata: un pie en el empleo formal, el otro en lo que aparezca, y la esperanza haciendo malabares para no caerse del trapecio.

En ese contexto, la habilitación para que los uniformados puedan manejar Uber, hacer delivery o trabajar en seguridad privada no es una rareza. Es simplemente la versión del cuartel del manual de supervivencia nacional. Un país que habla de defensa mientras sus soldados calculan si el combustible del auto rinde más para ir a la base o para sumar un viaje extra en la app.

La patria primero, sí… pero sólo después de ver si la propina amerita el esfuerzo.

Cuando la defensa nacional comparte perchero con el rebusque

El país que vive en modo supervivencia y llama “normalidad” a la adaptación permanente

La habilitación para que las Fuerzas Armadas hagan changas no sólo revela un problema económico: exponeun estado mental colectivo. Argentina vive hace años en un modo supervivencia que diversos estudios sobre estrés crónico asocian con estados prolongados de vigilancia e incertidumbre. Lo extraordinario se vuelve rutina, lo provisorio se vuelve estructura y lo inestable se vuelve… bueno, “lo de siempre”.

En ese clima, que un soldado salga del cuartel y abra la app no sorprende. Es coherente con un territorio donde una parte importante de la sociedad aprendió a vivir con un ojo en la vida y el otro en el rebusque. Diversos enfoques psicológicos interpretan este fenómeno como una adaptación prolongada a contextos de estrés e imprevisibilidad. Acá, sin embargo, lo bautizamos de otra manera: “seguir adelante”. Y lo más llamativo es que esta flexibilidad —que en cualquier manual sería síntoma de agotamiento— acá se celebra como virtud nacional.

Somos resilientes, dicen. No: estamos cansados, pero seguimos.

La paradoja es perfecta: una sociedad que pide instituciones fuertes mientras normaliza que incluso quienes representan la autoridad vivan en estado de alerta económica. Una nación donde la estabilidad es un mito, la previsibilidad un lujo y la planificación un deporte extremo. Y así, lo que debería ser excepcional —un militar en modo pluriempleo— se vuelve apenas otro capítulo del manual psicológico argentino. Adaptate, sobreviví, resolvé como puedas.

El espejo final de un país que ya no distingue emergencia de normalidad

El aparato de defensa haciendo changas no son un detalle pintoresco ni una rareza sociológica. Son la evidencia más cruda de que la Argentina perdió el termómetro que separa lo urgente de lo cotidiano. Cuando incluso quienes deberían encarnar estabilidad viven en modo supervivencia, el problema deja de ser salarial y pasa a ser estructural. Es el país entero el que se acostumbró a funcionar con parches, a naturalizar lo provisorio, a llamar “normalidad” a lo que en cualquier otro lugar sería señal de alarma.

Y ahí aparece el golpe seco. Si hasta el uniforme —ese símbolo que debería permanecer firme cuando todo lo demás se mueve— tuvo que adaptarse al rebusque, entonces la pregunta ya no es qué les pasó a ellos. La pregunta es qué nos pasó a nosotros, que aceptamos como paisaje lo que debería escandalarnos, que celebramos la resiliencia porque no sabemos cómo se siente la estabilidad, que confundimos aguante con proyecto.

Las Fuerzas Armadas manejando apps no son el síntoma. Son el espejo. Y lo que refleja no es a los soldados. Es a un país entero viviendo en emergencia permanente y llamándolo vida…

Imagen de Babilonia

Babilonia

Periodista y analista cultural. Trabajo con enfoques sociológicos para interpretar los fenómenos cotidianos y sus implicancias sociales.

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