El trabajo informal en el mundo: cuando la economía digital avanza y los derechos retroceden en bicicleta

Una postal global del trabajo informal en el mundo

En cualquier ciudad del planeta —de Buenos Aires a Manila— se repite la misma escena: un repartidor pedalea para sostener lo que hoy llamamos trabajo informal en el mundo, esa maquinaria global que funciona en tiempo real gracias a millones de personas que trabajan sin contrato, sin horarios definidos y sin garantías.

Ocurre ahora, en cada esquina, con trabajadores anónimos que dependen de aplicaciones que deciden su jornada mientras la economía digital se apoya en su precariedad para seguir avanzando. La pregunta no es quién es él, sino por qué el sistema necesita exactamente este tipo de vulnerabilidad para mantenerse en pie.

Trabajo informal en el mundo: la versión premium del viejo problema

El trabajo informal en el mundo ya no es un residuo del pasado: es la arquitectura laboral del presente. Y lo más irónico es que crece al mismo ritmo que la tecnología que prometía modernizarlo todo.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el 58% de la fuerza laboral mundial trabajó en condiciones informales durante 2024, lo que equivale a unos 2.000 millones de personas sin contrato ni protección social básica (2024). Y lejos de estabilizarse, la tendencia se acelera: para 2026, la cifra ascenderá a 2.100 millones. La informalidad, más que un problema, se convirtió en el “refugio” de una fuerza laboral que crece más rápido que la creación de empleo de calidad.

La economía de plataformas es el motor más visible de esta expansión. Más de 150 millones de personas trabajan hoy para apps en todo el mundo, y en regiones como América Latina este sector explica hasta el 70% del aumento neto del empleo post-pandemia. La paradoja es deliciosa: la innovación que prometía liberar a los trabajadores terminó absorbiendo a quienes quedaron fuera del mercado formal.

Ingredientes del nuevo ecosistema laboral:

  • Supervisión algorítmica: decisiones automatizadas que afectan ingresos y disponibilidad (OIT, 2021).
  • Riesgo transferido: el trabajador aporta vehículo, mantenimiento y seguridad.
  • Ingresos intermitentes: pagos por tarea, sin continuidad ni previsibilidad.
  • Responsabilidad difusa: las empresas se presentan como “intermediarias”, no empleadoras.

La precariedad, ahora, tiene interfaz y notificaciones push.

Trabajo informal en el mundo: un fenómeno global con acentos locales

El trabajo informal en el mundo no se distribuye de manera uniforme: se adapta, muta y se incrusta en cada región con una precisión casi quirúrgica. En América Latina, por ejemplo, la informalidad supera el 50% en varios países, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Allí, las plataformas no sólo crecieron: se convirtieron en un salvavidas económico para millones de personas que quedaron fuera del mercado formal. En algunos casos, este sector llegó a explicar hasta el 70% del aumento neto del empleo post-pandemia. La paradoja es evidente: la recuperación laboral se apoyó en trabajos sin derechos.

En Europa, el escenario es distinto pero igual de contradictorio. La Unión Europea (UE) avanza en regulaciones para reconocer la relación laboral entre plataformas y trabajadores, aunque cada intento se encuentra con apelaciones, lobby y litigios interminables. El continente que presume de estándares laborales avanzados enfrenta un dilema incómodo: cómo regular un modelo que se expande más rápido que la legislación que intenta contenerlo.

En Asia, la escala es monumental. India, Indonesia y Filipinas concentran millones de repartidores y conductores que sostienen ciudades hiperconectadas con ingresos volátiles y jornadas impredecibles. El Banco Mundial señala que la región combina dos fuerzas simultáneas: crecimiento económico acelerado y una informalidad que se resiste a desaparecer. La modernización, al parecer, no garantiza estabilidad.

En África, las plataformas se integran a economías urbanas ya precarizadas. Allí, el trabajo informal no es una excepción sino la norma, y las apps se presentan como una oportunidad inmediata de ingreso, aunque sin garantías. La OIT advierte que, en muchos países africanos, la digitalización no reemplaza la informalidad: simplemente la reorganiza bajo nuevas lógicas de control y dependencia tecnológica.

El resultado global es claro: la economía digital no unificó derechos, sino incertidumbres. Cada región aporta su propio matiz, pero todas comparten el mismo patrón: un mercado laboral que crece hacia afuera, no hacia arriba.

Trabajo informal en el mundo: la paradoja del progreso

La tecnología prometió liberar tiempo, mejorar la productividad y democratizar oportunidades. Sin embargo, para una parte creciente de la población, la digitalización significó exactamente lo contrario: más horas, más riesgo y menos estabilidad. La modernidad llegó, sí, pero no para todos por igual.

El Fairwork Project de la Universidad de Oxford muestra que la mayoría de los trabajadores de plataformas gana por debajo del salario mínimo local, incluso en países con marcos regulatorios avanzados. La economía digital avanza, pero lo hace sobre una bicicleta sin frenos, sostenida por personas que pedalean para no caer en la pobreza.

La ironía es casi poética: el futuro del trabajo se parece demasiado al pasado que prometía superar.

¿Hacia dónde va el trabajo informal?

El desafío global no es demonizar a las plataformas —que efectivamente generan ingresos inmediatos— sino evitar que la innovación se convierta en un mecanismo de precarización con estética futurista. El debate internacional gira en torno a un punto clave: cómo garantizar derechos sin destruir la flexibilidad que muchos trabajadores valoran. En ese marco, las discusiones más urgentes pasan por establecer garantías laborales básicas sin eliminar la autonomía horaria, exigir transparencia algorítmica en la asignación de tareas y penalizaciones, crear sistemas de protección social portables que acompañen al trabajador más allá del empleador, y diseñar regulaciones que no lleguen siempre tarde, como un delivery perdido en hora pico.

El futuro del trabajo no será un regreso al modelo industrial, pero tampoco puede sostenerse sobre una informalidad maquillada de modernidad.

El espejo final del trabajo informal en el mundo

La imagen del repartidor no es una escena local: es el ícono global del siglo XXI. Un recordatorio de que la economía digital puede ser brillante, pero también profundamente desigual.

El mundo entero pedalea, sí.

La pregunta —incómoda, inevitable— es quién sostiene el manubrio y quién sólo intenta no caerse…

Lamento Borincano” — Rafael Hernández. Una canción puertorriqueña que sigue resonando en cada trabajador que sale a la calle con la esperanza de que hoy sí alcance

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Babilonia

Periodista y analista cultural. Trabajo con enfoques sociológicos para interpretar los fenómenos cotidianos y sus implicancias sociales.

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