Refugiados en la crisis global: el movimiento que no se detiene

Multitud caminando en círculo sobre un desierto agrietado, imagen de crisis global representada como movimiento sin destino

Decimos refugiados como si fuera una categoría técnica, pero en realidad es el nombre íntimo del siglo. En un mundo que se desarma sin hacer ruido, millones de personas caminan porque quedarse dejó de ser una posibilidad, y avanzar es apenas la forma más digna de no desaparecer. Lo extraño es que este movimiento masivo convive con nuestra quietud: seguimos scrolleando, poniendo la mesa, respondiendo mensajes, como si la estabilidad fuera un derecho adquirido y no una coreografía sostenida por algoritmos y negación.

La crisis global no empuja con estruendo; empuja con constancia. Y mientras tanto, la humanidad en deriva se vuelve escenario, un recordatorio perturbador de que el mundo ya no ofrece lugares, apenas tránsitos.

Los refugiados en la respiración del siglo

El desorden contemporáneo dejó de ser un sobresalto y se volvió la respiración del tiempo que habitamos. No aparece como un estallido, sino como una vibración constante que atraviesa todo. Las fronteras que se endurecen, los territorios que se desdibujan y las vidas que se desplazan sin un lugar al que volver funcionan como el pulso real de este tiempo. El movimiento forzado dejó de ser excepción y se convirtió en la gramática del planeta que millones de refugiados encarnan cada día.

Entre 120 y 130 conflictos armados activos, según el Panorama Humanitario 2026 del Comité Internacional de la Cruz Roja —una organización neutral fundada en 1863 que monitorea guerras y protege a civiles en zonas de conflicto— laten al mismo tiempo, pero ninguno parece suficiente para interrumpir la rutina. El sociólogo polaco-británico Zygmunt Bauman, conocido por su teoría de la modernidad líquida, describía un mundo donde nada permanece y todo se desliza; pero lo que vivimos ahora es una modernidad que expulsa: una humedad persistente que empuja existencias hacia afuera, filtrándose en la vida cotidiana sin que nadie pueda señalar exactamente dónde empezó el desborde.

Y aun así, seguimos sosteniendo una normalidad que no existe. Caminamos nuestras rutinas como si el suelo no estuviera fisurado, proyectamos semanas como si el entorno que habitamos no estuviera resquebrajándose debajo de los pies, mirando el desplazamiento ajeno como si fuera un fenómeno lejano, una imagen más del feed.

Nos aferramos a una calma que no es calma, apenas una forma sofisticada de no registrar que millones caminan porque ya no hay un punto firme donde quedarse.

El movimiento que no se detiene

La Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) —el organismo internacional encargado de proteger a quienes huyen de guerras, persecuciones y crisis humanitarias— registró un récord histórico de 123 millones de personas desplazadas por la fuerza a finales de 2024, según su informe anual. En los reportes semestrales publicados a mediados de 2025, la cifra aparecía en torno a los 117,3 millones, una variación que no refleja alivio sino la inestabilidad propia de un orden global donde la deriva humana es permanente y las estadísticas nunca alcanzan a capturar el movimiento real.

No son números: son vidas suspendidas en un desplazamiento que no eligieron. Judith Butler, filósofa estadounidense y una de las voces más influyentes en teoría queer y crítica política, explica en su trabajo sobre las vidas precarias que hay trayectos humanos que se vuelven vulnerables antes incluso de moverse. Y esa vulnerabilidad es la que empuja a multitudes a caminar sin un horizonte claro, como si la superficie que habitamos hubiera perdido la capacidad de ofrecer un resguardo posible, como si el mundo produjera refugiados antes incluso de producir soluciones.

Lo inquietante es que esta movilidad masiva convive con una quietud emocional casi absoluta. Vemos columnas de gente avanzando por desiertos, fronteras, estaciones, pero lo hacemos con la misma distancia con la que miramos el pronóstico del tiempo.

El pulso del presente no sólo desplaza vidas; desplaza sensibilidad. Y en ese corrimiento, en esa anestesia suave, se revela la verdadera dimensión de este tiempo histórico. Un desarraigo en marcha que se mueve sin conmovernos.

La humanidad que avanza sin llegar a destino

El siglo XXI es un etapa en movimiento, pero no en avance. La movilidad forzada dejó de ser una excepción y se volvió una forma de supervivencia. En los últimos años, más de 40 países levantaron o reforzaron muros fronterizos, según el Instituto de Investigación sobre Paz de Oslo (PRIO) —un centro independiente fundado en 1959 que analiza conflictos armados, dinámicas de violencia y políticas de seguridad— como si la arquitectura global hubiera renunciado a resolver los conflictos y se limitara a gestionarlos.

El filósofo camerunés Achille Mbembe, uno de los pensadores más influyentes de África y autor del concepto de necropolítica —la idea de que los Estados deciden quién vive, quién muere y quién puede moverse— explica que las divisiones soberanas actuales funcionan como dispositivos de selección más que de protección. Y esa lógica convive con un movimiento desesperado: familias enteras cruzando mares, desiertos y autopistas, refugiados que avanzan mientras los países levantan barreras que funcionan más como espejos que como límites, reflejando la fragilidad de un orden que ya no se sostiene.

Cuando avanzar no garantiza un lugar

El blindaje global aparece justo cuando más gente necesita pasar. Lo inquietante es que esta corriente masiva ni siquiera produce sensación de traslado real: todo avanza, pero nada llega. Las rutas migratorias cambian, los destinos se saturan, los puntos de control se endurecen, y aun así la percepción es siempre la misma. Un loop donde quienes huyen en masa caminan sin llegar, como si avanzar fuera apenas una forma de no desaparecer.

Y mientras tanto, quienes permanecen quietos experimentan otra clase de impulso: el emocional.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, autor de La sociedad del cansancio y uno de los críticos más lúcidos de la saturación contemporánea, sostiene que la sobrecarga constante nos deja sin capacidad de sentir. Quizás por eso vemos caravanas humanas como si fueran parte del paisaje, como si el tránsito ajeno no tuviera nada que ver con nuestra propia quietud, como si los refugiados fueran apenas un fondo de pantalla del colapso.

La inercia de este contexto no sólo empuja humanidades hacia adelante: empuja conciencias hacia atrás, hacia una penumbra sensorial donde todo se ve, pero casi nada se registra.

Y ahí está la verdadera tragedia: no en el despliegue, sino en la indiferencia que lo acompaña.

La estabilidad del colapso administrado

La crisis global no se resuelve: se gestiona. Ese es el gesto más elocuente del tiempo que habitamos. Los Estados no intentan evitar la ruptura sistémica; intentan que no interrumpa demasiado la rutina. En 2025, el gasto militar mundial alcanzó un récord histórico de 2,4 billones de dólares, de acuerdo con el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), una organización independiente que analiza armamento y seguridad transnacional. Es decir: mientras innumerables personas se ven obligadas a partir, mientras las instituciones se desgastan, mientras los bordes estatales se endurecen, los gobiernos invierten más que nunca en prepararse para un futuro que ya asumieron conflictivo. Un futuro donde los refugiados serán parte estructural del paisaje político.

El sociólogo alemán Ulrich Beck, creador del concepto de sociedad del riesgo, advertía que vivimos en sistemas que producen peligros que luego intentan ordenar. Y eso es exactamente lo que vemos hoy: administraciones que no pueden garantizar estabilidad, pero sí pueden diseñar protocolos para cuando la misma falle.

La crisis no es un accidente: es un procedimiento.

Refugiados en la lógica del procedimiento

La periodista y activista canadiense Naomi Klein, autora de La doctrina del shock, sostiene que los momentos de caos se convierten en oportunidades para consolidar estructuras de poder que serían impensables en tiempos de calma. Y esa lógica se volvió la trama visual. Las migraciones se contienen, no se acompañan. Los conflictos se monitorean, no se previenen. El desplazamiento se administra, no se resuelve. Todo funciona como si el orden global hubiera aceptado que el colapso es inevitable y hubiera decidido simplemente hacerlo habitable.

La estabilidad que consumimos —la de las apps, los horarios, las rutinas, los feeds— no existe fuera de la pantalla. Es una ficción cuidadosamente mantenida para que podamos seguir funcionando mientras el presente se desarma en cámara lenta.

Y lo más inquietante es que funciona: nos acostumbramos a vivir en un crujido constante sin exigir que deje de temblar.

El temblor que también nos mueve

Quizás la verdadera crisis no sea la global, sino la íntima: la de acostumbrarnos a vivir en un territorio que ya no promete nada más que continuidad. No estabilidad, no progreso, no calma. Seguimos adelante como quien camina sobre un puente que cruje, confiando en que no se va a romper sólo porque todavía no se rompió.

Y esa fe mínima, casi absurda, es lo que sostiene estos tiempos. No los acuerdos internacionales, no las instituciones, no los discursos. Esa pequeña convicción de que mañana va a parecerse lo suficiente a hoy como para no tener que movernos.

Mientras los refugiados caminan sin destino, nosotros sostenemos la ficción de que seguimos firmes. En un mapa que se fisura, lo único que permanece es nuestra capacidad de actuar como si nada se moviera.

Tal vez ahí esté la forma más humana —y más frágil— de resistencia: seguir habitando el temblor sin dejar que nos derrumbe, incluso cuando el movimiento ajeno nos recuerda que nada permanece quieto…

Avanzar sin destino: el gesto que aprendimos a repetir

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Babilonia

Periodista y analista cultural. Trabajo con enfoques sociológicos para interpretar los fenómenos cotidianos y sus implicancias sociales.

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