Los últimos informes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) —el organismo especializado de la Organización de las Naciones Unidas en empleo y condiciones laborales— exponen un dato que ya dejó de escandalizar porque se volvió paisaje: seis de cada diez trabajadores del mundo están en la informalidad.
No es un error estadístico.
No es una falla del sistema.
Es el sistema funcionando como fue diseñado.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU), organismo multilateral encargado de coordinar políticas globales y producir estándares internacionales, retoma los datos de la OIT en su actualización de diciembre de 2024 y confirma lo que América Latina conoce en carne propia: la informalidad no retrocede, ni siquiera en países que celebran estabilidad macroeconómica mientras sostienen mercados laborales fracturados.
La explicación es menos dramática de lo que parece y más incómoda de lo que se admite:
la informalidad cumple una función estructural.
Y cuando algo cumple una función, el sistema lo protege.
La función de la informalidad: absorber el golpe para que arriba nada se rompa
Como en Time Out —la película de Laurent Cantet estrenada en 2001—, la economía global necesita que la mayoría viva en una ficción de estabilidad. No es por maldad, sino por eficiencia: es un engranaje que absorbe el golpe para que arriba nada se rompa.
Esa ficción tiene un costo. Y ese costo siempre se paga abajo.
La informalidad laboral es el amortiguador silencioso que absorbe los riesgos que las empresas no quieren asumir. Cuando hay crisis, el sistema necesita que alguien caiga primero. Y ese “alguien” siempre es el mismo.
La OIT lo formula con elegancia técnica:
“la informalidad actúa como válvula de ajuste del mercado laboral”.
Traducido al idioma de la calle:
la plebe amortigua el golpe para que el resto pueda seguir caminando sin mirar abajo.
La plebe no es un grupo social: es una posición estructural
En América Latina, “plebe” suele sonar a insulto. Pero en análisis sociológico tiene otro peso: nombra a la base que sostiene el sistema, no al margen que quedó afuera. Y acá aparece la incomodidad:
la plebe incluye tanto al trabajador informal como al trabajador formal.
Porque la formalidad no te saca de la base.
Sólo te ofrece un paraguas un poco más grande para la misma tormenta.
La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) lo confirma: incluso con empleo formal, el 30% de los trabajadores latinoamericanos sigue siendo pobre o vulnerable. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) replica el patrón en países ricos: uno de cada siete trabajadores formales es pobre.
La formalidad no es una salida.
Es un alivio.
Cuando hay crisis, cae la plebe. Toda.
Los datos de la OIT después de la pandemia muestran un patrón que se repite con una exactitud casi mecánica: primero se desploma el empleo informal, luego cae el empleo formal y, cuando llega la recuperación, lo hace en dos velocidades —arriba rebota rápido, abajo rebota poco o nada. No es un episodio aislado.
Es la forma en que el mercado laboral distribuye el impacto.
En 2008, la crisis financiera marcó un quiebre global.
Luego, en 2014, el ajuste de materias primas volvió a golpear a la región.
Finalmente, 2023 llegó con la desaceleración post‑pandemia.
La evidencia es consistente:
cuando la economía se contrae, la plebe —formal e informal— es la primera en absorber el golpe
y la última en recuperar estabilidad.
La informalidad no desaparece porque estabiliza el sistema a costa de desestabilizar vidas
La OIT lo formula con diplomacia, pero el mensaje es transparente para quien quiera leerlo sin eufemismos. La informalidad laboral sostiene al sistema porque abarata costos, flexibiliza la producción, absorbe desempleo y mantiene el consumo incluso en contextos de crisis.
En otras palabras: estabiliza la economía a costa de desestabilizar personas.
Por eso la pregunta central no es por qué existe la informalidad.
La pregunta es quién instaló la idea de que es un problema a resolver, cuando en realidad funciona como una pieza estructural del modelo.
Conclusión: la plebe no es el afuera del sistema. Es su fundamento.
La narrativa dominante insiste en “integrar a los informales”, como si fueran un borde desordenado que hay que ordenar.
Pero los datos muestran lo contrario:
la plebe es la base que sostiene la estructura.
La informalidad no es un error del mercado laboral:
es el diseño que permite que la desigualdad económica se mantenga estable.
Si la arquitectura no se nombra, los síntomas siguen disfrazados de causas…